Colaboración histórica del Voluntario Honorario Maximiliano Echeverría Bertolone, de la Tercera Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago.

Hay vidas que terminan en un instante y otras que, después de haber sido heridas en el cumplimiento del deber, emprenden un largo tránsito hacia la eternidad. La de Víctor Cato Velasco pertenece a estas últimas. Su nombre está unido para siempre a una de las páginas más dolorosas de la historia de la Tercera y del Cuerpo de Bomberos de Santiago: aquella jornada del 17 de marzo de 1887 en que un violento incendio, y luego el súbito derrumbe de una muralla, arrebató la vida de dos de sus compañeros y dejó sobre él heridas que habrían de acompañarlo hasta el final de sus días. Hoy, al cumplirse ciento treinta años de su fallecimiento, nuestra memoria vuelve sobre aquella historia para rendir un sentido homenaje y recuerdo al hombre que, durante nueve años, llevó en su cuerpo las consecuencias de haber servido a su ciudad.
Víctor Cato Velasco nació en 1863, hijo de don José Ignacio de los Dolores Cato López y doña Bernarda Velasco. Fue el cuarto de seis hermanos y perteneció a una familia que habría de entregar a la sociedad de su tiempo a un hombre destinado a quedar ligado a una de las instituciones republicanas y de servicio más antiguas de Santiago y de Chile. Ingresó a la Tercera Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago el 2 de mayo de 1885, cuando contaba apenas veintidós años. Su registro general fue el N.º 5.514 y el de la Compañía, el N.º 1.061. En nuestras filas comenzó una trayectoria que, aunque breve en años, terminaría adquiriendo una dimensión extraordinaria por la forma en que habría de sellarla con su propia vida.
El 17 de marzo de 1887, cuando apenas contaba veinticuatro años y llevaba casi dos años de servicio, Víctor Cato concurrió junto a sus compañeros de bomba, al incendio declarado en la calle de San Miguel, actual Avenida Ricardo Cumming, en los terrenos que hoy ocupa el Liceo de Aplicación, en el centro de la ciudad. El combate del fuego dio paso a las labores de remoción y extinción de los últimos focos, cuando, de manera repentina, una de las murallas cedió. El desplome sepultó a Luis Segundo Johnson, Rafael Ramírez y Víctor Cato Velasco. Los tres fueron rescatados con vida, pero las lesiones sufridas eran gravísimas. Johnson y Ramírez no conseguirían sobrevivir: fallecieron dos días después, el 19 de marzo. Cato, en cambio, inició entonces una lucha de una naturaleza distinta, una lucha que se prolongaría durante nueve años.
El 22 de marzo de 1887, apenas cinco días después del accidente, el Superintendente del Cuerpo, don Samuel Izquierdo, concurrió a la Tercera y condecoró con una medalla de oro al voluntario Víctor Cato Velasco, reconociendo su accidente en el incendio del día 17. Aquel gesto, sencillo en apariencia, adquiere con el paso del tiempo un profundo significado: mientras la Institución lloraba a Johnson y Ramírez, reconocía, por primera y única vez en vida, también en Cato al hombre que había sobrevivido al derrumbe, aunque todavía nadie podía saber que las heridas recibidas en aquella jornada terminarían acompañándolo hasta la muerte.
Cato sobrevivió. Volvió junto a sus compañeros y, por un tiempo, pareció imponerse a la tragedia. Pero sobrevivir no significó quedar indemne. Las lesiones recibidas aquel 17 de marzo dejaron secuelas profundas y transformaron su existencia. El hombre que había ingresado a la Tercera con veintidós años y que había enfrentado el fuego como tantos otros bomberos, debió desde entonces convivir con las consecuencias de aquel incendio. Su historia no fue la de una muerte inmediata y fulminante ante las llamas; fue, quizá, algo aún más silencioso: la de un hombre que siguió viviendo después de haber quedado mortalmente herido en el combate al fuego.
El 1 de noviembre de 1890, Víctor Cato contrajo matrimonio con doña Isabel Puyol Alcalde, en la ciudad de Valparaíso. De aquella unión nació, en 1891, su hijo Víctor José Ramón Cato Puyol. La vida parecía ofrecerle entonces un horizonte distinto al de aquella tragedia que lo había marcado. Formó un hogar y conoció la responsabilidad de ser esposo y padre. Sin embargo, la felicidad familiar sería breve. En 1895 enviudó, quedando nuevamente frente a la adversidad y, esta vez, con un hijo pequeño. Así, los últimos años de su vida estuvieron atravesados por una doble carga: las consecuencias físicas de las heridas sufridas en el servicio y el dolor de haber perdido a su compañera de vida.
A comienzos de septiembre de 1896, aquella larga resistencia llegó a su término. El acta N.º 725 del Directorio del Cuerpo de Bomberos de Santiago, correspondiente al 2 de septiembre de ese año, registra que la Tercera Compañía había comunicado mediante nota el fallecimiento del Bombero Cato. Era Superintendente don Ismael Valdés Vergara y Director de la Tercera Compañía don Antonio Cárdenas López. El Secretario General, don Jorje Yunge, hizo entonces una indicación que revela la conciencia que ya existía respecto de la relación entre aquella muerte y el accidente de 1887: propuso que se invitara al Cuerpo a los funerales de aquel hombre, porque su muerte era “casi con seguridad” consecuencia de las graves heridas recibidas junto a los señores Johnson y Ramírez en el incendio de la calle de San Miguel.
La moción fue apoyada por el Director de la Undécima Compañía, don Belisario Aránguiz. El Director de la Pompe France, reconociendo los méritos adquiridos por Cato, propuso igualmente que se citara al Cuerpo a sus funerales; la indicación fue secundada por el Director de la Duodécima Compañía, don Eduardo Guerrero, y aprobada por la unanimidad de los presentes. No fue, por tanto, una muerte recibida con indiferencia ni un nombre perdido en los libros. La Institución entendió que despedía a un hombre cuya vida había quedado ligada para siempre al sacrificio de 1887.
Un mes después, el Directorio acordó cancelar la suma de nueve pesos por el cierre de su nicho. El monto puede parecer hoy pequeño y el acuerdo, casi administrativo. Sin embargo, leído a la distancia de ciento treinta años, aquel gesto adquiere un significado distinto. Fue una forma humilde, pero concreta, de hacerse cargo de la memoria de quien había sufrido en primera persona las consecuencias de las heridas recibidas mientras servía al Cuerpo. La Institución acompañaba así, dentro de sus posibilidades, el último destino de uno de sus hombres.
Durante más de un siglo, el nombre de Víctor Cato Velasco permaneció silencioso, unido solo a su Tercera y a la memoria de sus compañeros Johnson y Ramírez. Pero habría de transcurrir una parte considerable de la historia institucional antes de que su condición de mártir recibiera el reconocimiento formal que correspondía a su sacrificio. El 3 de julio de 2012, el Consejo de Oficiales Generales presenta al Directorio del Cuerpo, una propuesta para reconocer en algunos voluntaries ya fallecidos la condición de Mártires de la institución. Siendo Director de la Tercera Compañía don Carlos Ayub Asfura, el Directorio del Cuerpo de Bomberos de Santiago otorgó entonces póstumamente a Víctor Cato Velasco la calidad de Mártir, 116 años después de su muerte. Su retrato pasó entonces a ocupar un lugar en el Salón de los Mártires y su nombre quedó esculpido para siempre en la lápida de piedra que acompaña el ingreso de nuestro cuartel.
Hoy, 1 de septiembre de 2026, se cumplen 130 años desde que Víctor Cato Velasco cerró sus ojos por última vez. Ciento treinta años desde aquella tarde en que terminó una existencia que había comenzado en 1863, coincidentemente mismo año de Fundación del Cuerpo, y que encontró su destino entre los escombros de un incendio ocurrido nueve años antes. Ciento treinta años desde que la Bomba Claro y Abasolo perdió a un hombre que, aun después de sobrevivir al derrumbe, nunca pudo desprenderse de sus consecuencias. Su muerte fue tardía, pero su sacrificio había comenzado mucho antes.
Por eso, al evocar hoy su nombre, hay algo más que decir que Víctor Cato Velasco murió el 1 de septiembre de 1896. Es justo recordar que su martirologio comenzó el 17 de marzo de 1887; que aquel joven voluntario de veinticuatro años fue sepultado bajo una muralla mientras cumplía con su deber; que recibió una medalla de oro después de 5 días del derrumbe; que logró sobrevivir, formar una familia, ser esposo y padre; que enviudó y continuó adelante llevando sobre sí las huellas de aquel accidente; y que, finalmente, nueve años después, aquellas heridas terminaron por conducirlo a la muerte.
Su historia tiene así una dimensión singular dentro del martirologio bomberil. Hay mártires que caen en el incendio, frente al fuego, en el mismo instante en que la tragedia los alcanza. Cato pertenece a otra categoría del sacrificio: la de quien regresa de la muerte aparente para vivir durante años con ella a cuestas. Su martirio fue prolongado. Fue el martirio del dolor, de las secuelas, de la pérdida y de una existencia que nunca volvió a ser la misma después de aquel 17 de marzo.
A ciento treinta años de su partida, la Bomba del Poniente recuerda a uno de los hombres que entregó; a un joven que acudió al llamado del deber; a un esposo; a un padre; a un viudo; a un compañero; y, finalmente, a un mártir cuyo nombre fue reconocido por la Institución que amó y sirvió. Su retrato en el Salón de los Mártires y su nombre grabado en piedra son la afirmación de que el tiempo podrá borrar rostros, fechas y circunstancias, pero no podrá borrar el significado de una vida entregada al servicio.
Víctor Cato Velasco descansa hoy en la eternidad junto a aquellos compañeros con quienes compartió la tragedia de 1887. Luis Segundo Johnson y Rafael Ramírez partieron primero; él los siguió nueve años más tarde. Los tres quedaron unidos por el mismo incendio, por el mismo derrumbe y por la misma vocación de servicio. Y si la muerte puso término a sus vidas, no pudo poner término a su ejemplo.
Hoy, 1 de septiembre de 2026, al cumplirse 130 años de su fallecimiento, la memoria de Víctor Cato Velasco ocupa el lugar que siempre mereció. Hagamos que su nombre sea pronunciado con respeto y gratitud. Que las generaciones presentes y futuras de bomberos y bomberas comprendan que detrás de cada nombre grabado en nuestras páginas doradas, existe una vida, una familia, una historia y un sacrificio. Y que al mirar su nombre en esa piedra casi invisible al ojo del transeunte, a la entrada del cuartel de la Tercera, podamos recordar que hay hombres que mueren una sola vez, pero cuyo servicio permanece para siempre.