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El Gran Incendio de Valparaíso

Publicado el: 21 - 04 - 2014 | 08:59:00

El historiador estadounidense Samuel J. Martland, autor de varios estudios acerca de los incendios porteños y los cambios que estos trajeron a fines del Siglo XIX y comienzos del siguiente, nos entrega una lúcida perspectiva sobre lo sucedido el 12 y 13 de abril de 2014.

El gran incendio que destruyó tantas casas y vidas en cinco cerros porteños el 12 y 13 de abril exige una reflexión sobre la evolución de una ciudad que resiste el fuego.  En los días después del último gran incendio, he leído varios comentarios, reclamos y sugerencias en los medios, algunos acertados y otros a mi juicio bastante confundidos, y creo que una consideración del contexto histórico ayudará a aclarar los desafíos que encara Valparaíso y otras ciudades semejantes.  ¿Cuáles son los ingredientes de una ciudad en que las conflagraciones generales son tan infrecuentes que los ciudadanos ni siquiera los temen, o sea, una ciudad en que un incendio es un evento que afecta una casa determinada en vez de un barrio?  Algunos historiadores urbanos toman esa característica como parte de la definición de una ciudad “moderna,” porque en Europa, EEUU, Canadá, Japón y por lo menos en los sectores formales y reglamentados de las ciudades de Chile y Latinoamérica, es así.

Consideremos Valparaíso mismo, ciudad siempre con alto riesgo de incendios, que en el s. XIX invirtió mucho en redes de agua, pozos, muros cortafuegos, revisión periódica de chimeneas, y por supuesto bomberos (el material y el tiempo de los voluntarios) para más o menos controlar los incendios en el Plan y hasta Av. Alemania-Camino de Cintura – o sea, Valparaíso por su topografía permaneció con alto riesgo de incendios, pero más o menos controlados en la parte más urbanizada, la parte dotada con la infraestructura de punta de c. 1900.  Durante unos 180 años de desarrollo porteño, se creó mucha infraestructura, servicios, normas y hubo esfuerzos municipales y colectivos para emplear tecnología, diseño y organización que hiciera una ciudad más sana, más segura, más resiliente. Las iniciativas han empezado desde abajo con la idea de extenderlos hacia arriba después.  En los 1840, era una de cuestión pavimentar o alumbrar el Puerto y no de hacer las primeras viviendas de los cerros Concepción, Alegre, etc.  Y, pensando en incendios, la norma era restringir los balcones de madera después del gran incendio de 1843.  De repente el objetivo era intentar aumentar el ancho de las calles y por lo menos proponer callejones extras para poder tender mangueras del mar a las calles internas.  En los 1870 se planteó la idea de trazar el camino de Cintura (ahora nombrada Av. Alemania en la mayoría de su trayecto) y hacer un compromiso municipal de gestionar la instalación de las redes de agua potable, alcantarillados, alumbrados, etc., hasta un poquito más arriba de ese camino.  Durante las décadas que siguieron, poco a poco, ese compromiso se cumplió, aunque persistió una división entre el Plan y los Cerros.  En 1902, se trataba de construir un tranvía en el Plan, pero había pocas vías de acceso a los cerros.  Después del terremoto de 1906, se invirtió mucho en reconstruir, rectificar y nivelar el Almendral, pero menos en los cerros; de hecho el drenaje de los cerros (el cierre de los cauces de las quebradas) fue gestionado por la comisión de construcción del puerto (agradezco al magister Pablo Paez por el dato).  Sin embargo, hasta por lo menos la Av. Alemania se ven grifos, edificios de marco y piso de madera, sí, pero por lo menos con los muros cortafuego dispuestos por primera vez en la Ley de Trasformación de 1876.  Paralelamente, se desarrollaron los bomberos de Valparaíso, primero milicianos, después, por supuesto, como voluntarios (con la ayuda de muchos auxiliares pagados en la época de bombas a palanca).  Con las bombas a vapor y después a motor, y con una combinación de pozos y la red de agua potable, los bomberos llegaron a tener éxito en contener los incendios que podemos llamar “normales”.  Después del terremoto de 1906 era muy distinto, por la destrucción tanto de edificios como de material y red de agua, y por la enorme cantidad de fuego.  Pero según entiendo, reitero, la parte de Valparaíso que está dentro del área urbanizada para 1900 o 1910 no ha sufrido grandes conflagraciones como las del s. XIX.  En eso, más o menos participó en un gran cambio típico de las ciudades modernizadas a principios del s.  XX: el fin de las conflagraciones generales o “Grandes Incendios”.  Las ciudades de EEUU, Inglaterra, etc., también lo hicieron.   De hecho, la extinción de incendios fue gran motivo de construir las grandes redes de agua del XIX en muchas ciudades europeas, estadounidenses, canadienses, latinoamericanas, etc.; incluso las empresas de seguros hicieron grandes lobby en ese sentido en muchas ciudades.  Además, las normas y costumbres de edificación cambiaron.  Los edificios antiguos siguen en peligro, como sabe todo bombero que se ha enfrentado a un incendio patrimonial.  Ese peligro persiste en medio de las ciudades más modernas siempre que existan construcciones de cierta edad.  Por ejemplo, hace unas semanas, en Boston, Massachusetts, EEUU, se incendió una casa de ladrillos con pisos y marco de madera pegada a otras casas similares, en un barrio patrimonial de casas construidas en el último tercio del s. XIX (Back Bay).  Al momento peak del incendio había siete camiones escala o torres tirando agua, además de unas veinte bombas, muchas mangueras comunes, etc.  Ni la prensa ni mis amigos que viven en Boston comentaron nada acerca de la posibilidad de que toda la manzana se incendiara, porque se supone que eso ya no sucede.  Pero estoy seguro que los bomberos bostonianos saben que si puede suceder y por eso tanto esfuerzo para una sola casa. Back Bay no se quema tal vez por sus muros exteriores de ladrillo, pero también por los bomberos bien equipados y formados y por una excelente red de agua potable.  La situación en la parte baja de Valparaíso es semejante.  Para mí, eso no cambió el 12 de abril.

Entonces, ¿qué cambió?  Primero, como se sabe, el incendio del 12 y 13 abril no era urbano en su origen, sino forestal; al entrar a la ciudad se convirtió primero en incendio de interfaz urbano-rural y después, tal vez, en conflagración de estructuras (detalle que dejo a los expertos en esa materia).  O sea, un incendio del tipo que aflige a las afueras de Los Ángeles, California, EEUU, cada tantos años, con enormes pérdidas de propiedad, a pesar de tener bomberos pagados en un estado bastante rico.  Así es que una colega mía en EEUU, que me escribió el domingo pasado calificando lo de Valparaíso 

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(Foto: Samuel J. Martland)

como  “an old-fashioned urban conflagration”, resultó estar equivocada.  Por las noticias confusas que salieron en unos pocos medios estadounidenses y británicos en los primeros días este incendio sí parecía ser una conflagración urbana del estilo antiguo, pero claramente no lo era.  Segundo, el incendio entró a la ciudad por barrios con altos niveles de precariedad e informalidad y con infraestructura limitada; eso es, atacó casas que no contaban con las precauciones encontradas más abajo, que se ubicaban en calles de difícil acceso y sin una amplia red de agua.  En esas condiciones de urbanización la ciudad del S. XXI no tiene mucha ventaja por sobre la del s. XVIII.  Casos semejantes se ven en muchas partes del mundo: los barrios precarios que rodean muchas ciudades son más inflamables que las zonas formales, porque sus servicios y su construcción no son de punta.  O sea, el 12 de abril llegó la tormenta perfecta de un incendio forestal – que son peligrosos aún en países completamente desarrollados y con bomberos pagados -- entrando a un barrio con escasa infraestructura, casas muy combustibles y difícil acceso.  De los ingredientes que se combinan para casi eliminar las grandes conflagraciones urbanas, solamente estaban los bomberos bien formados y equipados.  Supongo que siempre es posible mejorar el funcionamiento de bomberos o de cualquier institución, pero la solución del problema de incendios en los altos de Valparaíso tiene que basarse en la construcción de los barrios y el diseño y mantención del interfaz urbano-rural.

He leído con esperanza la noticia de reuniones de arquitectos y profesionales afines en Valparaíso acerca de la prevención de incendios en barrios de este tipo.  Con esperanza, porque mis estudios de ciudades, incendios, reglamentos y catástrofes me ha convencido que un barrio o una ciudad solamente puede ser seguro si su planificación, infraestructura y construcción están pensados para minimizar los riesgos, y si sus habitantes tienen capacitación suficiente para construir de la mejor manera posible (de acuerdo a sus recursos), de reconocer y corregir peligros y de responder adecuadamente a los accidentes.  Tal vez soy muy optimista, pero parte por la convicción de que la mayoría de las personas están dispuestas a hacer lo que pueden para hacer más seguro y más vivible su barrio, dentro de sus posibilidades de dinero, de tiempo disponible, etc.  Toda política de edificación (y toda decisión que tome una persona o familia sobre como edificar o como mantener una construcción o terreno) es un compromiso entre la seguridad, la conveniencia, el dinero y el tiempo.  Nos incumbe a quienes tengamos algún conocimiento especializado – y a un historiador que espere que sus estudios tengan aplicación útil en el lugar que ha estudiado—compartir ese conocimiento de una manera clara y respetuosa con especialistas en otras disciplinas y con las personas afectadas, quienes por no tener nuestra misma especialización tal vez nunca han tenido oportunidad de pensar ni informarse en el tema.  Después del terremoto de 27 febrero 2010, que viví en Santiago como profesor invitado en un instituto de estudios urbanos, leí unas descripciones de grupos de estudio que buscaban mejorar las técnicas típicas de construcción de viviendas modestas de una manera consistente con la autoconstrucción.  Ojalá sea posible hacer algo semejante en materia de incendios.  Como no me corresponde, como extranjero, opinar sobre la política chilena, me limito a decir que no puedo imaginar una solución que no incluya fondos y dirección públicas de algún tipo.  Una norma perfecta que no se puede hacer valer porque mucha gente no puede obedecerla o porque la encuentra externa e inexplicable y se niegan a obedecerla, vale poco.  Una norma perfecta que muchas empresas evaden, vale igualmente poco.

De la necesidad de ampliar la red de agua no creo necesario decir mucho, salvo que es uno de los ingredientes claves.

En este ensayo intento interpretar el gran incendio de Valparaíso de abril 2014 en el contexto de la historia urbana de Valparaíso y la historia mundial de los incendios urbanos en los últimos tres siglos.  Soy historiador de las ciudades, la tecnología y el estado, enfocado en Chile del s. XIX y más específicamente en Santiago y Valparaíso.

  • Samuel Martland, Dr. En Historia es Profesor Asociado de Historia y Estudios Latinoamericanos en el Rose-Hulman Institute of Technology, Terre Haute, Indiana, EEUU.  En 2010 enseñó como professor invitado en el Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la P. Universidad Católica de Chile.  Está traduciendo y ampliando su tesis doctoral para publicarla en Chile:  Construir Valparaíso:  La tecnología y la política del progreso, 1830-1920.  Sus otras publicaciones incluyen “Taming Fire in Valparaíso, 1840s-1870s” [Domar el fuego en Valparaíso de los 1840 a los 1870] in Greg Bankoff, Uwe Lubken, and Jordan Sand, eds.  Flammable Cities:  Urban Conflagration and the Making of the Modern World.  Madison:  University of Wisconsin Press, 2012.

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