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En la Memoria del CBS: El Sextino que sobrevivió a la muerte

Día: 4 de diciembre de 1983.

Lugar: Maquinista Escobar y Bascuñán Guerrero

Incendio declarado de gran magnitud.

La 6ª Cía. Concurre al lugar y comienza la lucha contra el fuego. Repentinamente, en plena labor, el voluntario Sr. Héctor Uribe Carrasco recibe un golpe de corriente de 380 voltios, que sumado a la caída posterior le ocasionan un paro cardiaco.

La situación es desesperada, pero una vez más la cobertura orgánica de la institución demuestra su eficacia. El personal médico y paramédico entra en acción. El voluntario Uribe recibe respiración boca a boca y los masajes pertinentes que logran revivirlo.

En la agilidad que el momento plantea, se decide el traslado a un centro hospitalario, en cuyo trayecto el Sr. Uribe sufre un nuevo paro cardiaco que le ocasiona un edema cerebral.

En el centro asistencial se constata su fallecimiento clínico, y comienza a gestarse en ese momento la maravillosa conjunción de “salvar una vida” y la “voluntad de vivir”.

Ante la carencia de signos vitales, el voluntario es trasladado al pulmón artificial, donde se gana terreno a la desesperanza manteniéndolo con vida.

La lucha se toma angustiosa. Familiares, la institución y sus compañeros Sextinos asistieron, durante una semana, como sobresaltados espectadores, al esfuerzo de la ciencia y la fe por mantener junto a ellos a un hombre que luchaba como tal.

Así, mientras no se escatimaba labor en el centro hospitalario, la fe de la madre del voluntario Uribe la lleva a Los Andes, a realizar una plegaria a Sor Teresa.

A su regreso a Santiago, los inexplicables designios que rigen la vida, le deparan la alegría ansiada, su hijo había despertado del cruel letargo.

Comenzó la recuperación y, hoy, la ciencia y la fe orgullosa dan testimonio de su papel en la completa recuperación del voluntario Sr. Héctor Uribe Carrasco.

La ciencia agradecida, recibía el pago de una vida ganada a la muerte. Y la fe, una peregrinación de agradecimiento a la mística de Los Andes, por parte de la madre del voluntario, 6ª y compañeros de otras compañías.

La voluntad de vivir gano su eterna batalla.

 

Revista 1863 año 1983

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Hombres con Alma de Fuego: Benjamín Fernández Ortiz

A las 2:35 de la madrugada del jueves 22 de noviembre, un incendio se declaraba en las bodegas de la firma Gibbs y Gildemeister, ubicadas tras la entonces Estación “Yungay”, de Ferrocarriles del Estado, en la intersección de Román Spech y Nueva Matucana.

Todo se encontraba envuelto en llamas, cuando llegó la bomba de la Novena. Allí, sus Voluntarios recién introducían los pitones dentro de las grandes dependencias que ardían violentamente.

Ya en la etapa de extinción, el colapso de los muros y soportes produjo el derrumbe de la estructura completa del techo y una larga muralla de ladrillos, cayendo sobre dos Voluntarios que sostenían un pitón; Sergio Passalaqua y Benjamín Fernández, siendo este último quien finalmente fallece en el lugar.

Así el Ayudante de la “Nona”, con más de 25 años de servicio, se convertía en el segundo Mártir de dicha Compañía, y el vigésimo segundo a nivel institucional que caía en el cumplimiento del deber y abnegación, transformándose en un símbolo en el que las nuevas generaciones pueden reflejarse.

2011

Hombres con Alma de Fuego: Víctor Hendrych Husak

El 20 de Noviembre a las 5:20 de la madrugada se dio la alarma de incendio en la calle Diez de Julio esquina de San Francisco. El material del Cuerpo se puso en movimiento con la rapidez acostumbrada, y entre éste el carro de escalas de la 8ª Compañía, en la cual viajaban además del Cuartelero, tres oficiales y cuatro voluntarios, pertenecientes al servicio de Guardia Nocturna.

El carro tomó a gran velocidad la calle Enrique Mac-Iver (ex Claras) para salir a la Alameda, pero al llegar a la esquina de Merced, un tranvía eléctrico sin detenerse en la esquina, a pesar de que la bomba tocaba continuamente la bocina, se atravesó en la boca calle. El carro a corta distancia de la esquina no pudo ser detenida, estrellándose violentamente contra el tranvía, que saltó de la línea, y fue a dar a la cuneta.

La máquina después de embestir de frente al vehículo que se oponía a su paso, giró rápidamente sobre su costado derecho chocando nuevamente de flanco al tranvía, y recibiendo el Voluntario Hendrych que ocupaba el asiento inmediato al chofer, todo el peso del golpe, ocasionándole una muerte instantánea.

Conducidos los heridos, junto con el cadáver de Hendrych, a la Asistencia Pública, se dispuso después de las primeras curaciones el traslado de los accidentados al cuartel de la Compañía, y a las diez de la noche del mismo día, el Cuerpo en impresionante romería acompañó los restos del abnegado bombero a la capilla ardiente que se había improvisado en el salón de sesiones del Directorio, donde sus compañeros debían montar guardia permanente hasta la partida del cortejo.

Los funerales de la víctima efectuados al día siguiente asumieron extraordinaria solemnidad. Formaban la comitiva, uno de los edecanes de S.E. el Presidente de la República, quien llevaba su representación, el Intendente de la Provincia, el Alcalde de Santiago, el Director General de Carabineros, una delegación de oficiales del mismo cuerpo, otra del Ejército, comisiones de las Asociaciones hermanas de Puente Alto, San Bernardo, Buín, Melipilla, Rancagua, Viña del Mar y Valparaíso, los compañeros de trabajo de la víctima, el Directorio y la totalidad de las Compañías de la capital con sus estandartes y el material enlutado. Llegado el cortejo al Cementerio y antes de entregar el cadáver a la tierra hicieron uso de la palabra el Superintendente D. Luís Kappes, el Alcalde de Santiago, el Director de la 9ª Compañía de Bomberos de Valparaíso en representación de la Institución Porteña, quienes en frases muy elocuentes y sentidas pusieron de manifiesto el intenso pesar que sentían ante el sacrificio de esta joven víctima del deber.
 

1511

Hombres con Alma de Fuego: Los Seis de Amunátegui y Huérfanos

La madrugada del jueves 15 de noviembre de 1962 se configuró como el escenario más duro que ha debido enfrentar el Cuerpo de Bomberos de Santiago.

Eran las primeras horas, específicamente las 02:45, y una alarma de incendio es declarada en la esquina de Hermanos Amunátegui y Huérfanos, pleno centro de Santiago. Las Compañías presentes en el lugar, trabajaban en su gran mayoría con aquellos jóvenes Voluntarios que pernoctaban en sus Cuarteles, integrando las dotaciones de Guardias Nocturnas.

El incendio en si era de poca magnitud y no existía peligro de mayor propagación. El lugar afectado fue un edificio que construía la firma Neut Latour y Compañía. Se quemaban materiales de construcción, artículos para instalaciones eléctricas, castillos de madera, etc.

No se presentó ninguna anormalidad mientras se trabajaba, pero se produjo un repentino derrumbe casi al término de la labor, cuando se extinguían algunos focos de fuego en unos castillos de maderas adosados a una pared cortafuegos, que, como muchas que existen en esa ciudad, se había ido aumentando en altura con los más diversos materiales.

En su base era de adobe, más encima cemento y finalmente de ladrillos, agregados estos que se hicieron para que alcanzara la altura de dos pisos. Por lo tanto, su base era débil, ya que no fue calculada para resistir todo ese peso.

Antes de dar la orden de retirada, como es costumbre, se practicaba una revisión más del lugar.

El Cuarto Comandante hacia botar enlucidos de cemento que estaban por desprenderse de una muralla, mientras que el Tercer Comandante dirigía el trabajo de despeje encima de los castillos de madera. El Comandante se hallaba en un sitio estratégico desde el cual dominaba toda la acción que se estaba desarrollando y desde donde podían ser oídas sus instrucciones, que impartía por megáfonos.

Repentina y silenciosamente, la muralla cortafuego cedió en su base. Hundiéndose más o menos 40 centímetros y comprometiendo con esto la estabilidad de una construcción de 2 pisos a la que estaba adosada, la edificación a la que no había alcanzado la propagación del fuego y que se desplomo sobe el personal que trabajaba encima y a los pies de los castillos de madera.

Seis jóvenes Bomberos sucumbieron ante la inevitable caída de la estructura, apagando sus vidas en el cumplimiento del deber voluntariamente impuesto: Patricio Cantó Feliú, de la Tercera Compañía; Pedro Delsahut Román, de la Cuarta Compañía; el Teniente 3° Carlos Cáceres Araya y Alberto Cumming Godoy, de la Sexta Compañía, y Rafael Duato Pol y Eduardo Georgi Marín, de la Duodécima Compañía.

Otros dieciséis Voluntarios resultaron heridos, algunos de ellos en estado de suma gravedad.

Al día siguiente, en el Directorio reunido en Sesión Extraordiaria en el Cuartel General, el Superintendente Hernán Figueroa Anguita, pronunciaba en su triste alocución: “Nada hacía presagiar tan irreparable desgracia. Nuestros mandos, que cuentan con gran experiencia, que nunca habían visto sorprendidos por un acción tan absolutamente imprevisible, tuvieron que presenciar como hundían los cimientos de una vieja muralla que aplasto a estos seis voluntarios que a consecuencia de ellos fallecieron”, agregando que “todos los Voluntarios fallecidos tan trágicamente eran jóvenes, activos y entusiastas y ya se habían dado a notar en sus respectivas Compañías por condiciones especialísimas que reunían y por el cariño con que estaban sirviendo a la Institución. Vosotros, compañeros que me escucháis, sabéis comprender porque la sufría, la congoja que experimentamos con este impacto. Para esta noble Institución que solo se rige por las reglas de la más absoluta disciplina y que solamente se guía por ese espíritu humanitario que todos nos congrega. Este es un golpe muy doloroso”.*

*Texto extraído de la Memoria CBS, año 1962.

1411

Hombres con Alma de Fuego: Emilio Grunenwald y Antonio Secchi

El 14 de noviembre es una fecha que en dos ocasiones ha marcado la historia del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Con treinta y tres años de diferencia, los Voluntarios Emilio Grunenwald Lehmann, de la Séptima, y Antonio Secchi Dachena, de la Undécima, ofrendaron su vida por la comunidad, dejando un legado de servicio para las posteriores generaciones de Bomberos.

Voluntario Emilio Grunenwald Lehmann

El 19 de septiembre de 1901, un incendio de proporciones atacaba un edificio en la intersección de Estado y Huerfanos, en pleno corazón de la capital.

Entre los Voluntarios que más se distinguían por su esfuerzo y actividad para combatir el incendio, estaban los Bomberos de la Séptima Compañía Emilio Grunenwald, Juan Cabrol, y Juan Bellet, quienes ajenos a los peligros que les rodeaban, en medio del fragor de la lucha cayeron sepultados por una muralla. El más afectado con las lesiones recibidas fue Grunenwald, que resultó con la espina dorsal fracturada.

Atenciones cuidadosas prestadas a los tres heridos permitieron salvar la vida de los Voluntarios Cabrol y Bellet, pero las lesiones del Bombero Grunenwald eran de tal gravedad, que sucumbió a ellas el día 14 de Noviembre.

En los dos largos meses en que el abnegado Séptimo debió de soportar los dolores de su mal, dió pruebas del temple de su carácter y de su alto espíritu de resignación sin proferir una queja ni una expresión de protesta ante su infortunio, del cual se daba él perfecta cuenta.

Los restos del voluntario Grunenwald, al igual que los de sus predecesores en desgracia, recibieron el homenaje de toda la ciudad y en especial de sus compañeros de trabajo, que lloraron la pérdida de un buen amigo y de un camarada querido.

Voluntario Antonio Secchi Dachena

A las 22 horas del 14 de Noviembre de 1933, y a solo metros del Cuartel de la “Undicésima”, un incendio se declaraba en una construcción de dos pisos, ubicada en Alameda y Libertad.

La orden de salida del Capitán Umberto Raglianti Bacci, no se hizo esperar. El despliegue de los Voluntarios de la 11 fue instantáneo, siendo los primeros en llegar.

Una barraca, distante del Cuartel de 300 a 400 metros aproximadamente, presentaba una de sus fachadas de 15 mts., hacia la Avenida Libertador Bernardo O´Higgins y la otra por la calle Libertad. La superficie tenía la forma de dos rectángulos perpendiculares entre si formando ángulo recto que constituían la esquina de Alameda y Libertad.

En la fachada de la Alameda, frente a la cual suscrito presencio los hechos, se veían en el piso bajo algunos negocios cerrados a esa hora y un almacén de comestibles abierto pero abandonado por que el calor impedía entrar. El acceso a la barraca era sólo posible sino por una sola puerta cerrada por una cortina metálica sujeta abajo por un sólido candado.

El Voluntario Antonio Secchi oyó gritos de auxilio detrás de la cortina, intentando el gesto desesperado de hundirla a golpe de hombro. Entre tanto, el Teniente Wastavino ordenó a los pitoneros inundar desde arriba para dar tiempo a Secchi de correr a la maquina situada a 30 metros frente al grifo, para buscar un hacha con la cual rompió el candado pudiéndose así levantar la cortina. Empapado en agua y semiasfixiado apareció un joven del que se hicieron cargo los Carabineros. Llegaban entre tanto el personal de la Comandancia que asumió el mando, otras Compañías y refuerzos de la Policía.

Viendo el peligro, el Comandante dio orden de retirar el personal y el material para atacar por el costado. Y cuando esta se ejecutaba, aconteció el derrumbe de la fachada del segundo piso hacia la calle, la cual sepultó a varios Bomberos y a un Carabinero, además de herir a personas que se encontraban en las inmediaciones.

En el acto se procedió a apagar los escombros que seguían ardiendo porque una gran parte estaba construida de madera, pero el trabajo fue difícil por el hecho que las mangueras habían quedado atrapadas. No obstante, en pocos minutos los escombros quedaron inundados de agua, y se pudo removerlos para sacar a los heridos, maniobra que fue obstaculizada por los conductores eléctricos incluidos en el material de construcción, los cuales producían peligrosas descargas.

En el salvamento participó la Comandancia y personal de todas las Compañías, lo que permitió que al cabo de 10 a 15 minutos, todas las víctimas fueron sacadas de debajo de los escombros.

El Voluntario Antonio Secchi, además de la amputación traumática total de un pie y de otras contusiones y extensas quemaduras, presentaba una herida con hundimiento de la región frontal del cráneo.

La sangre y el barro que cubría el rostro, imposibilitaron su inmediata identidad

Constatando que ya no quedaban victimas el Director de Compañía se trasladó a la Asistencia Pública donde por fin pudo establecerse la identidad del fallecido el que seguramente dada la gravedad de las lesiones craneanas ya estaba muerto cuando fue extraído de debajo de los escombros.

Así, procedió entonces a informar verbalmente sobre el hecho al Superintendente Luís Kappés Guibert, y al Director de la Primera Compañía, Hernán Figueroa Anguita, quienes llegaron a la Asistencia Publica momentos después, precediendo al Juez de Turno, quien acordó la entrega del cadáver al Director de la Compañía. El Comandante Alfredo Santa Maria, que había permanecido en su puesto en el incendio, ordenó entonces el traslado de cadáver al Cuartel de la 11ª, en la calle Unión Americana.

Arturo Alessandri Palma, Presidente de la República en aquel entonces, envió de los primeros sus expresiones de condolencia.

En la tarde del 15 de Noviembre los restos de mártir Antonio Secchi Dacchena fueron trasladados al salón de honor del Cuartel General.

0311

Hombres con Alma de Fuego: José Gabriel Rojas Miranda

A través de este texto, escrito por Alejandro Peñaloza Solar, conoceremos la historia de un hombre más bien silencioso y profundamente disciplinado, que cumplió con sus deberes ciudadanos y se incorporó a la Sexta el 10 de agosto de 1912, ofrendando su vida por su labor voluntariamente impuesta el 3 de noviembre de 1913.

Pero antes de hablar de José Gabriel Rojas Miranda, nos remontaremos a la existencia de los Auxiliares.

Estos colaboradores cumplían las órdenes emanadas de los Voluntarios en el trabajo en los incendios. No tenían participación en lo administrativo de la Compañía; podían recibir los mismos premios que los Voluntarios y también ser sepultados en el mausoleo institucional.

Una vez creado el Cuerpo de Bomberos de Santiago, muchos integrantes del desaparecido Cuerpo de Zapadores, que en su mayoría eran obreros y provenientes de hogares muy humildes de la capital fueron aceptados en la Institución recientemente creada, para realizar labores que ya demandaban mucho trabajo a los Voluntarios como, por ejemplo, el accionar las bombas a palanca que requería un mínimo de 20 hombres para su funcionamiento. Su condición en las filas del Cuerpo sería de Auxiliar y, a diferencia de lo ocurrido en el Cuerpo de Zapadores Municipales, aquí no percibirían ingreso alguno. Estas condiciones fueron aceptadas por la mayoría de ellos, ingresando de forma inmediata a aportar sus servicios y experiencia adquirida como Zapadores.

A fines de 1864, el Cuerpo de Bomberos de Santiago contaba en sus filas con 510 Voluntarios y 336 Auxiliares, los cuales se distribuían en las tres Compañías de Bombas. Las Compañías de Hachas y la Compañía de Guardias de Propiedad (Sexta), también tenían Auxiliares. Esta situación aumentará numéricamente pues, para el 31 de diciembre de año 1876, la Sexta contaría en sus filas con 76 auxiliares de un total de 443 que integraban las filas de la Institución.

Según los registros fotográficos y los pedidos para la confección de uniformes, consta, que los auxiliares de la Sexta no podían emplear un uniforme de iguales características a las de los Voluntarios. En efecto, sus palas (hombreras o charreteras) debían ser en una sola línea y no en tres, como era de uso exclusivo de los Señores Voluntarios de la Sexta. Un simple número seis en su casco, sin el clásico distintivo llamado “sol” sextíno, como también la imposibilidad de emitir sufragio en las decisiones de la sala; eran sólo algunas de las diferencias que se le asignaban a la Sección, cómo así se les llamaba, al grupo de Auxiliares en la Sexta.

Allí su labor era la de salvamento, apuntalamiento de escalas, trabajo con los vientos, cubrir con lonas y cuidar los enseres rescatados de un inmueble siniestrado, además de guardar absoluta disciplina en todos los actos. Era también deber de un auxiliar, obedecer las órdenes de los voluntarios y tener absoluto respeto hacia ellos.

El encargado en el canal de comunicación, entre los Voluntarios y la Sección de Auxiliares era el Sargento, Voluntario con grado de oficial que debía estar a cargo de ese grupo de hombres. No se aceptaban compadrazgos o excesos entre Voluntarios y Auxiliares, siendo necesario para estos últimos referirse como: “Mi Voluntario”, cuando se deseaba iniciar una conversación con alguno de ellos.

Hoy, tales normativas pudieran parecer muy injustas y de carácter discriminatorio. Sin embargo, el ingreso a la Sección de Auxiliares de la Sexta, era aceptado por ambas partes (Voluntarios y Auxiliares) y no consta en los registros sextínos, algún reclamo o nota de protesta al respecto.

Con el paso del tiempo, las bombas a palanca fueron reemplazadas por las a vapor, no requiriendo de los servicios de los Auxiliares en la manipulación de estas nuevas máquinas. Por tal motivo, el Directorio acuerda, con fecha 20 de junio de 1894, no aceptar más solicitudes de ingreso de Auxiliares en la Institución, y permitir sólo a la Sexta, la admisión de nuevos integrantes debido a la ardua, extenuante y diferente labor desempeñada en los Incendios por una Compañía de Salvamento, que como era lógico, requería siempre de mucho personal. Para el 1 de enero de 1895, el Cuerpo registra un total de 545 voluntarios, 249 auxiliares repartidos en todas las Compañías (exceptuando a la Quinta), de los cuáles 93 pertenecían a la Sexta.

José Gabriel Rojas Miranda, un joven sencillo y humilde

A esta Sección de Auxiliares, caracterizados por su humilde situación social, económica y laboral, muy distante de la alta sociedad santiaguina en aquellos años, vino a solicitar su incorporación, un joven nacido en Santiago en 1891 y que, pese a la temprana muerte de su padre (de profesión sastre), pudo culminar sus estudios de humanidades en la Escuela del Cerro. Su nombre, era José Gabriel Rojas Miranda.

El Joven Rojas es reconocido como un abnegado trabajador que se consagró al cuidado de su viuda madre, la señora Clorinda Miranda viuda de Rojas (quién falleció en 1937). Hombre más bien silencioso y profundamente disciplinado, cumplió su Servicio Militar en el Regimiento N° 1 “Buin”, del Ejército de Chile, y posteriormente se desempeñó como funcionario de la Maestranza de la Empresa de Tracción Eléctrica de Santiago. En dicha institución se especializó en motores de propulsión de los tranvías.

Solicitó su incorporación a la Sexta el 10 de agosto de 1912, siendo aceptado finalmente en la Sección de Auxiliares. Vivía en calle San Carlos, muy cerca de San Diego, en la capital.

La Tragedia

La madrugada del 3 de noviembre de 1913, a las 4:40 horas, se declara un incendio en calle Nataniel esquina sur oeste de Franklin, concurriendo entre otras compañías la Sexta (en algunos escritos se consigna la dirección del incendio, como Franklin esquina Gálvez).

No hubo que realizar labores de salvamento, por lo que la Sexta Compañía se dedicó a trabajos de aislamiento del fuego en el lado sur del sitio amagado. El Auxiliar Rojas se dirige pronto al lugar de la alarma. En el trayecto por calle San Diego, ve que se dirige el Gallo de mangueras de la Primera Compañía, específicamente entre las calles Coquimbo y Copiapó. En carrera, Rojas se lanza para trepar al Gallo, tirado por caballos que velozmente tiraban el coloso repleto de mangueras; sin embargo, el vaivén de la pieza de material mayor es tal, que Rojas cae, quedando tirado en la calle.

En el libro de novedades de la Sexta se indica que, de acuerdo a los testigos del terrible accidente, Rojas se pudo dejar caer del Gallo Primerino, al comprobar que debido al fuerte movimiento era prácticamente imposible ir arriba. Otra tesis abierta en el mismo libro, indica simplemente que, Rojas pudo haber caído por el vaivén de la máquina. Sólo algunos metros tras el Gallo Primerino, venía a toda velocidad la Bomba Automóvil de la Quinta Compañía, guiado por el conductor Salustio Cubillos, quién no alcanza a esquivar el cuerpo del infortunado auxiliar quién yacía en la calle, y que finalmente embiste con todas sus fuerzas.

Las lesiones del joven Rojas son simplemente devastadoras y de absoluta incompatibilidad con la vida, (fracturas múltiples de cráneo con ruptura de su columna), falleciendo al instante en el lugar.

Pese a la evidente muerte de Rojas, su destrozado cuerpo es recogido y llevado a la Asistencia Pública. Posteriormente, sus restos son trasladados al Cuartel General para rendirle los honores correspondientes al Auxiliar que desde aquel momento era declarado Mártir de la Institución.

Su humilde origen y la devastadora situación que enfrentaba su madre viuda, que ahora quedaba sin el único sostén familiar que era su hijo José Gabriel, lo cual caló hondo en los medios de comunicación de la época en dónde informaban la situación acontecida y el sublime sacrificio de aquellos hombres que, al no poder ser Voluntarios, aceptaban humildemente ser Auxiliares de una Compañía. Ante esto, el Secretario General Carlos Ugarte, inicia una colecta nacional para reunir dinero a la madre de Rojas.

Para sus funerales, se citó al Cuerpo a las cinco de la tarde. Muchas delegaciones de otros Cuerpos de Bomberos e Instituciones del País se hicieron presente en la Avenida La Paz para rendir tributo al nuevo mártir de Santiago. Bien lo señala así en el principal discurso, el Superintendente de Santiago don Ignacio Santa María.

0311

En la Memoria del CBS: Los Capitanes Ayudantes

En el año 1898 entraron en vigencia  importantes reformas al Reglamento General del Cuerpo de Bomberos de Santiago, se crearon tres nuevas instituciones para el mejor funcionamiento de la Institución, estas fueron; CONSEJO SUPERIOR DE DISCIPLINA,  COMISIÓN DE RENTAS Y LOS CAPITANES AYUDANTES.

Los Capitanes Ayudantes eran Oficiales dependientes de la Comandancia llamados a desempeñar importantes funciones.

La Comandancia tenía a su servicio cuatro Capitanes Ayudantes, que llevaban los números 1-2-3-4.

Las Atribuciones y Deberes de los Capitanes Ayudantes, eran hacer semana por turno en la Comandancia y debían asistir a la oficina por lo menos una hora al día.

Servían de Ayudantes del Comandante en todos los actos del servicio en que el Cuerpo  intervenía.

Llevaban un Libro de Hojas de Servicio del Directorio, del Diario de la Comandancia y otros según las necesidades del servicio.

Tomaban el mando del Cuerpo con los deberes y atribuciones de los Comandantes en ausencia de estos y por orden numérico.

Los Capitanes Ayudantes no podían concurrir a Sesiones del Directorio sino en reemplazo de los Comandantes y en el orden correspondiente.

 

UNIFORMES DE LOS CAPITANES AYUDANTES.

Usaban el uniforme de la Compañía a la que pertenecían. Tenían cuatro galones de oro de medio centímetro en las mangas. La copa del casco era  de color blanco y la visera o alas de color negro.

Los Capitanes Ayudantes no usaban en el casco el número de la Compañía a la que pertenecían, este se sustituyo por una pequeña estrella pintada de negro.
 

SERVICIOS EN LA HUELGA 1905

Los Capitanes Ayudantes tuvieron una destacada participación  con motivo  de  la huelga del  22 de octubre de 1905, provocada por elementos perniciosos y del bajo pueblo, quienes cometieron desórdenes y     atropellos a la propiedad pública y privada.

La tropa del Ejército salió de la cuidad a realizar maniobras y solo la Policía  podía hacer frente a tales desmanes.

Por tal motivo El Cuerpo de Bomberos, nuevamente  se ponía a las órdenes de las autoridades y las Compañías  procedían a patrullar primero las calles y luego los Arsenales de Guerra,  con armamento proporcionado por la Prefectura de Policía.

Este servicio duro hasta la mañana del día 24, siendo relevado por las tropas del Ejército que habían  regresado de las  maniobras.      

TERREMOTO

A solicitud del Gobierno, el 19 de Agosto, a las 8 am, se trasladaron a Valparaíso comisiones de las doce compañías del Cuerpo con el objeto de ayudar a los bomberos de ese puerto en la extinción de los incendios producidos a causa del terremoto, que tuvo en aquella ciudad caracteres de una verdadera catástrofe.

A cargo de la comisión de 101 voluntarios se encontraban el 2° Capitán Ayudante don Alberto Mansfeld, el 3° Capitán Ayudante don Horacio San Román y el 4° Capitán Ayudante don Rogelio Muela.

El Cuerpo formado en los andenes de la Estación central, luego de la revista pasada por el señor Superintendente y los Capitanes Ayudantes, abordaron los carros del tren que los llevaría rumbo al puerto.

Luego de largas horas de viaje en tren y a infantería debido a que las líneas  se encontraban en muy mal estado. La comisión llego a estación Barón el día 20 de Agosto a las 4 de la tarde.

Por orden Superior se puso el personal a disposición de la autoridad militar, quien les entrego carpas para guarecerse y provisiones de rancho que hubo de ser  preparado por los mismos voluntarios.

Pasado algunos minutos se produjo un incendio de proporciones en la Gran Avenida donde se prestaron valiosos servicios en el salvataje de muebles, mercaderías y en la ardua tarea de extinción del fuego con los pocos elementos de que se disponía.

El trabajo que se dispuso a la Comisión de bomberos de Santiago fue la difícil tarea de la sepultación de cadáveres en el cementerio N1, extraer mercaderías de las bodegas derrumbadas para ser repartidas, hacer guardia para  cuidar las mercaderías salvadas de los incendios. Y extinguir algunos escombros en unión con la Tercera de Valparaíso la que daba agua con su bomba desde la plaza victoria.

El día 22 de agosto a las 9 a.m. regresaron a Santiago las comisiones de las Compañías 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª, 6ª y 9ª al mando del 3er. Capitán Ayudante, llegando a Santiago el día 23 a las 4 ½ p.m.

La segunda división formada por las Compañías 7ª, 8ª, 10ª, 11ª y 12ª a cargo de los Capitanes Ayudantes 2° y 4° salió de Valparaíso a las 4 ½ p.m. del mismo día que lo hizo la primera división e hicieron el mismo viaje en las mismas condiciones, llegando a Santiago el día 23 a las 11 ½ p.m.

El Directorio acordó anotar en la hoja de servicio de los voluntarios que fueron a Valparaíso, acción distinguida, y abonarles asistencia.

UNIFORME 1908

(Comandante, 2° Comandante  y Capitanes Ayudantes).

El uniforme era el acordado para ellos, podían usar cinturón blanco en vez de faja, cuando lo estimaran  conveniente.

Con fecha 19 de enero de 1910, Se dio por aprobado el nuevo Reglamento General, con la aprobación de once compañías a excepción de una.

Entre las reformas más significativas al Reglamento, con respecto a la  organización  y trabajo de la Comandancia se aprobó lo siguiente:

La supresión de los Capitanes Ayudantes. 

La creación de un  nuevo  Segundo Comandante. De un  Inspector General de las  compañías de agua  y  otro de  las  Compañías de  escalas  y la creación de seis Ayudantes Generales.

Con la entrada en vigencia del nuevo Reglamento General, quedaron de hecho suprimidos los Capitanes Ayudantes, en consecuencia cesaron sus funciones el día 12 de enero de 1910.

 

Pedro Torti Besnier Vol. Honorario Segunda Cía.

 

3010

En la Memoria del CBS: Un Maquinista Valiente

Al decir de las crónicas, “La Poncas” llegó a Chile acompañada de un meritorio ingeniero norteamericano, quien venía expresamente a enseñarles el manejo a los maquinistas chilenos. Era el año 1864, y a la época dicen que desempeñaba el puesto de maquinista 10 de “La Central” el prestigioso bombero, don Pedro Nolasco Gómez. En pocos días creyó este último, que la lección estaba ya aprendida y el gringo se fue para Cincinnati. Hinchado de suficiencia y satisfacción hizo convocar a la Compañía a un ejercicio el que tuvo lugar en la Alameda, frente a la calle del Ejército en donde aquel día se armó “La Poncas” en la acequia.

Un numeroso público contemplaba atónito el llamado “Monstruo yanqui para apagar incendios”, mientras la presión subía en la caldera, hasta llegar a 120 libras y producirse el ruidoso escape de vapor. A estas primeras manifestaciones estrepitosas del “monstruo”, los curiosos, guiados aparentemente por el instinto de conservación, dieron un paso hacia atrás. En ese preciso instante el maquinista gritó con voz estentórea: “Estamos listos, niños”. Y sin esperar respuesta alguna se colgó del gran pito y abrió la llave de admisión.

Fueron tan rápidas las voces de mando, que el canastillo del chorizo no alcanzó a penetrar en el agua, partiendo el “monstruo” desbocado, en medio de una gran nube de vapor y de un ruido infernal. Todo el numeroso público que rodeaba hasta ese momento la máquina. huyó despavoridos atropellándose; muchos cayeron al suelo, incluso don Pedro Nolasco. Un voluntario más precavido cerró la llave de admisión y la bomba se paró. El Maquinista 1°, tendido en el suelo cuan largo era, con el cuerpo pegado a la tierra. Pasados algunos instantes. Levantó la cabeza cautelosamente, para preguntar angustiado, “¿Cuántos muertos? ¿Cuántos muertos…?”.  

– Pedro Nolasco Gómez Díaz, Primerino, nació en Santiago el 03 de Julio de 1844 y falleció en la misma ciudad el 03 de Septiembre de 1919, hijo de Cruz Gómez Escudero, nacido  en Santiago en 1795 y fallecido en la misma ciudad en el año 1860 y de María Encarnación Díaz Arancibia, también nacida  en Santiago y fallecida en la capital en el año 1866. Profesor Universitario, Jefe de Sección Bonos del Banco Hipotecario; c.c. Susana Laiseca Despott, nacida en Concepción en 1840 y fallecida en Santiago. Hijos:          

Pedro Nolasco Gómez Laiseca, Primerino y su hijo Pedro Nolasco Gómez Díaz, Primerino.          

Carlos Eduardo Gómez Laiseca, Primerino.    

Datos de Pedro Nolasco Gómez Díaz, proporcionados por el Voluntario de la Primera Compañía, Enrique Pérez Dreyse.

1910

Hombres con Alma de Fuego: Daniel Castro Bravo

A las 13:30 horas del miércoles 19 de octubre del año 2005, se dio la alarma de incendio en la central del Cuerpo de Bomberos de Santiago (CBS).

El fuego estaba afectando a una imprenta, un servicio de correo privado y una mueblería, situadas a la altura de las calles Fray Camilo Henríquez con Santa Isabel. Al llamado, concurrieron nueve Compañías de la Institución y aproximadamente 120 Bomberos, entre los cuales se encontraba Daniel Castro Bravo, Voluntario Honorario e Intendente de la 3ª Compañía.

Como todo Bombero Voluntario, trabajó afanosamente junto a sus compañeros para controlar el siniestro que había dejado dos personas lesionadas.

En momentos que el incendio estaba parcialmente controlado, el Voluntario Castro Bravo se descompenso debido al humo reinante en el lugar, donde se encontraba almacenada una gran cantidad de diluyentes y elementos combustibles.

Fue trasladado de emergencia al Hospital del Trabajador, donde se informó que el Bombero ingresó con un paro cardio respiratorio, siendo infructuosos todos los esfuerzos por reanimarlo.

 Mientras en el hospital se congregaban las máximas autoridades del Cuerpo de Bomberos de Santiago (CBS), en la 3ª Compañía los Voluntarios lloraban la partida de uno de los suyos, que ingresó a sus filas el 11 de abril de 1950 y los abandonó a los 70 años de edad, cumpliendo lo que era su pasión….ser Bombero.

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Hombres con Alma de Fuego: Raúl Bolívar Prado

Desde el sábado 23 de septiembre de 1972, la historia comenzaría a tener otro sentido en ese entonces joven Decimoséptima Compañía del Cuerpo de Bomberos de Santiago.

A pocos meses de cumplir su primera década al servicio de la comunidad de la Capital, viviría uno de sus más indescriptibles golpes, que es el perder a uno de los suyos en Acto de Servicio.

Es por ello, que en esta nueva publicación de la serie “Hombres con Alma de Fuego”, les presentamos la historia del Voluntario Raúl Bolívar Prado, contada por sus camaradas de ideal de la 17.

Dicen que soy un héroe...

Yo débil, tímido, casi insignificante. Si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos..."

Habiendo contado 31 estrellas más que comenzaban a centellear en el firmamento del servicio y la entrega en nuestra Institución, la desgracia se ciñó una vez más sobre nuestras vidas y sobre nuestros corazones. Sobre nuestra historia y sobre nuestro juramento. Aquel juramento del que todos y cada uno de los que pertenecemos a esta noble Institución, somos la viviente evidencia de lo que hemos de sacrificar en favor del prójimo.

Corría el viernes 22 de septiembre del año 1972 y en la sala de máquinas del Cuartel ubicado en Avenida Central N° 4497, en la población José María Caro, descansaba como cualquier día, nuestra Bomba MACK B17, símbolo férreo de nuestro ideal, fiel compañera de servicio e innegable aporte para la comunidad.

Junto a esta dependencia, en la sala de estar de la Compañía, un grupo de alegres Voluntarios compartían un grato momento, quienes, hacía pocos momentos, regresaban de un Incendio que había ocurrido en Las Hualtatas y Las Tranqueras.

Descansaban y hacían referencia, supongo, a qué harían en la noche, siendo el comienzo de un nuevo fin de semana. Lo más seguro es que organizaran una comida de camaradería para esa misma noche o quizás pensaban en quien saldría a cargo en el primer llamado del horario nocturno, haciendo suyo el tradicional dicho "La antigüedad constituye grado", lo que, en algunas oportunidades, ponía de mal humor a los más nuevos y hacía reír a otros más antiguos.

Dentro de este grupo, se encontraba el Director de la época, Jorge Huerta Cañas, quien, como conductor autorizado, había puesto en servicio su bomba, privilegiando como siempre, el servicio a la comunidad. Junto a él, se encontraban el Capitán Omar Cruces León, y los Voluntarios Fernando Hugo Valenzuela Silva, José Luis Arjona Cornejo, Oscar Daniel Zúñiga Tello, Rodolfo Parra Carreño, José Luis Apablaza Rojas, Luis Marcelo Valenzuela Sáez y el más nuevo de los Voluntarios presentes, Raúl Agustín Bolívar Prado, quién a los 52 años, había ingresado a nuestras filas el 25 de noviembre de 1971, luego de jubilarse del Cuerpo de Carabineros de Chile.

Mientras la camaradería continuaba en el antiguo Cuartel, un Llamado de Comandancia ocurría en esos precisos momentos, cercano a la intersección de las calles San Dionisio y San Alfonso.

Nuevamente, a las 18:07 horas de ese fatídico día, la Compañía fue llamada a atender dicha emergencia, concurriendo raudos los héroes anónimos que permanecían en el Cuartel en esos momentos. No había gran diferencia con los anteriores llamados. La sirena ululaba su típico sonido lastimero. El papi hacía que los autos que antecedían a la MACK, abrieran camino, aligerando la marcha de nuestra fiel compañera de batallas, cuando de pronto, en la intersección de las calles Carlos Valdovinos con General Velásquez, un vehículo marca Citroën, que no dimensiona el peligro de su imprudente maniobra, cruza su carrocería frente a nuestra máquina.

Quien conducía el carro en esos momentos, Jorge Huerta Cañas, cual avezado y experimentado piloto, tratando de esquivar el vehículo, pierde el control de la MACK, haciendo que este choque sus ruedas traseras con la cuneta, provocando el volcamiento y posterior impacto del Carro Bomba con los tirantes de los postes de alumbrado público, haciéndola tumbarse allí, suspendida, cual heroína de antaño, agónica luego de ser embestida por la muerte.

A consecuencia del golpe, varios Voluntarios son eyectados del interior de la máquina, resultando con heridas de gravedad tres de los nueve que la tripulaban; uno de ellos impacta su cabeza con el neblinero de un vehículo, otro se golpea la cabeza y cuerpo contra el suelo y el tercero, fatalmente herido, golpea su pecho con los mismos tirantes que detuvieron el andar de nuestra agredida Bomba.

Todos ellos son llevados en calidad de extrema urgencia a los centros asistenciales más cercanos, siendo este último trasladado al Instituto de Neurocirugía, en donde es internado con diagnóstico grave, debido a las lesiones que había sufrido producto del impacto, falleciendo posteriormente durante las últimas horas del día sábado 23 de septiembre de 1972, siendo trasladado al día siguiente, a las 20:30 horas, a su otro Cuartel.

Este héroe fue Raúl Agustín Bolívar Prado, quien a 10 meses y 29 días de haber presentado ante la Sesión de Compañía su Juramento de "dar su vida si fuese necesario", terminaba de firmar con su sangre y su vida aquel magnificente texto de entrega y amor al prójimo, dejando plasmado el dolor de la penumbra en quienes lo conocieron y compartieron su vida de ideales, agradecidos de haber coincidido en el mismo tiempo y lugar.

Ejemplos como el de Bolívar Prado reflejan para nosotros la senda trazada por Tenderini, y no sólo por todos los que estuvieron llamados a servir antes que Raúl en el Cuartel Celestial, sino por esas flamas inextinguibles, los mártires de todo el país que, a través de su vida bomberil, son el firmamento de nuestro cielo majestuoso y eterno, reflejo del sacrificio máximo de entrega al prójimo, quienes cuidan que esa llamarada inmortal de entrega no se extinga jamás.